La blanca y cuadriculada hoja atraía al lápiz hacia ella, necesitaba dejar de estar vacía y empezar a contener tinta con sentido. Su realidad de objeto la dejaba estática, sin un futuro diferente a su pasado: sería usada, desechada, recogida, triturada, reformada y vuelta a usar. Su condición tenía sólo límites, y el solo hecho de ser escrita le daba algo de dinamismo a su realidad, y cumplimiento a su misión. Pero dependía de todo y de todos para salir de su nada. Que hubiera lápiz, que el lápiz escribiera, que hubiera luz y temperatura adecuadas. También tenía que haber una idea que escribir, las ganas de ser escrita, el conocimiento para hacerlo y… un humano.
Sí, un humano. La raza de hacedores supremos que crearon al papel y a todos los objetos del mundo. Ellos, que le daban sentido a la existencia de las cosas (de hecho le daban la existencia) estaban por todos lados vigilando la evolución de sus amadas creaciones. Todas ellas estaban al cuidado de algún hacedor supremo, y su única labor era cumplir la misión encomendada por el humano.
Muchas de las creaciones (casi todas) tenían misiones concretas, limitadas a una ó dos cosas ó áreas demasiado acotadas. Pero el papel era una creación especial dentro de las creaciones. Eran objetos privilegiados dentro de la suprema creación humana. Servían para tanto, y tenían tantas razas… por supuesto había algunas superiores y otras no tanto, pero bueno, había que aceptarlo y ya, si el humano así lo dispuso quién era el papel para contradecirlo. De todos modos él era papel superior. El humano le imprimió cuadrados para darle un uso especial. Había unos para envolver, otros para cubrir, otros que juntos e impresos formaban libros, algunos para secar y limpiar; inclusive había una raza de esclavos, el papel higiénico, pero no se hablaba mucho de ello… Pero él estaba destinado a ser escrito con tinta directo de la mano del humano. No había honor mayor, ni mejor categoría para el papel. Pese a estar dentro de un fajo de papeles cosidos y pegados, era la primera de las hojas, por tanto el destino le tenía un plan especial…
-Alejandra, bota ese chicle, te toca entrar al dentista.
-Sí mamá -, la niña abre su libreta, arranca la primera hoja, envuelve el chicle y lo bota a la basura…
¿Moraleja? Esa la ponen ustedes en los comentarios…
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